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El labrador y el filósofo

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  Había una vez un anciano filósofo, llamado Fidón, de ascética moral y santas costumbres, que vivía en una pequeña choza de un apartado pueblo de la Tesalia. El santo varón no tenía en su vida mas que una debilidad, la fruta. Sus ojos no miraban con deseo a las tiernas y lozanas mozas de pueblo, pero se deleitaban haciéndosele la boca agua cuando pasaban las muchachas con las cestas de tiernos frutos en las manos. Lindaba con la choza el jardín de un labrador muy rico, el cual, tenía plantado, junto a la valla divisoria, un manzano al que jamas recordaba el anciano haberle visto fruto alguno. Tan solo, en los años de gran bonanza, unos tiernos recuerdos de florecillas que se marchitaban sin llegar a su sabroso final. Muchas veces contemplaba Fidón el triste y estéril frutal, del cual, el parco labrador ya no se acordaba, pues tenía otros sanos y hermosos en sus campos que le ofrendaban sus frutos rojos y dorados. Tenían practicada en la valla una puertecilla por la que pasaba la m...

Los cántaros

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  Cuenta que, hace muchos años, habían dos pequeños pueblos vecinos. Distaban apenas tres o cuatro kilómetros el uno del otro y, justo en medio, había una fuente de la que se surtían las dos poblaciones. E n este lugar se reunían las muchachas de estos pueblos y algunos más lejanos , para  llenar sus cántaros de agua,  comentar sus historias y chismorrear sobre los acontecimientos de sus respectivas aldeas  y presumir de tener los hombres más fuertes y aguerridos que ganarían, según ellas, los próximos juegos en las cercanas contiendas gimnásticas . Una tarde cuando ya el sol se ocultaba tras el horizonte y la tarde se carga de esa frescura con aromas de tomillo y romero, se reunieron varias muchachas con sus cántaros y una anciana mora que, puesto que su edad distaba mucho de la de las jóvenes, permanecía apartada sin entrar en las conversaciones de las jóvenes, esperando su turno de llenar el cántaro. - ¿Cómo estás Elena ? - Pregunt ó  una linda muchacha a otr...

Los dos carreteros

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       No hace tantos años, vivían en un pueblo del interior, dos carreteros que se dedicaban a hacer transporte entre la capital y el pueblo. Uno de ellos, hombre taciturno y reservado, tenía un negocio próspero y fue mejorando su carro y y sus recua muy a menudo. El tener mejor transporte y mejores pollinos hacía que ganara a su contrincante comercial en un par de horas en cada transporte, lo que redundaba en más encargos.      Tanto es así que en el pueblo se comentaba que seguramente tendría que comprar un segundo carro y contratar algún arriero que le ayudara en el negocio.      El segundo carretero, campechano y bonachón, se alegraba por lo bien que le iba a su vecino, pero se preguntaba el por que a él no le funcionaba con la misma intensidad. No se explicaba el motivo puesto que, en un principio tenían un carro parecido, casi idénticos animales y como guinda de la tarta, él era infinitamente más apreciado en el pueblo. Poco a poc...

Abulin y Pequinez

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  Una tarde con Manuela      Esta historia me la contó la Abuela Manuela una tarde de invierno, sentados en la mesa camilla, mientras la lluvia golpeaba los cristales de su comedor.      -¡Como nos dirigen Paquito! -me dijo parando las agujas de hacer punto con las que estaba tejiendo algo que no me había querido decir, aunque yo sabía que era un gorro que me quería regalar.      -Tienes razón Manuela -le contesté mientras miraba por la ventana y esperaba que se me enfriara una deliciosa taza de poleo.      -Te voy a contar la historia de dos pueblos Paquito. Me la contó un cura que había dejado la orden y estuvo un verano en Mesxicotet. Los dos pueblos      En la primera mitad del siglo 20, no más lejos de la primera decena, habían dos pequeños pueblos separados por un riachuelo. Ambos pueblos eran de algo más que aldeas, pero la bonanza del clima y una cadena montañosa que impedía que llegara a ellos el he...